hace tanto tiempo,
aún no había fuego,
no había agua deslizando las montañas,
nació heracles.
Cuando yo pasaba por este largo salón con piso de madera, en que resonaban huecamente los pasos, levantaba la vista y miraba a través de las ventanas. Y entonces veía allá a lo lejos, al otro lado del patio, en la torrecilla que surgía sobre el tejado, los cazos ligeros, pequeños, del anemómetro que giraba, giraba incesantemente. Unas veces marchaban lentos, suaves; otras corrían desesperados, vertiginosos. Y yo siempre los miraba, sintiendo una profunda admiración, un poco inexplicable, por estos locos cacillos que daban vueltas sin parar, rápidos, lentos, indiferentes a las inquietudes humanas, allá en lo alto, sobre la ciudad en que los hombres hacían tantas cosas terribles... Esta torrecilla que he nombrado era el observatorio; tenía en el centro de la azotea un diminuto quiosco con la cúpula de latón pintado de negro, y en esta cúpula había una hendidura que se abría y se cerraba, y por la que asomaba, en las noches claras, de estrellado radiante, un tubo misterioso y terrorífico. Nosotros sabíamos que este tubo era un telescopio; pero no acertábamos a comprender por qué este escolapio miraba todas las noches por él cuando con una sola bastaba para hacerse cargo de todo el cielo y sus aledaños... Una noche subí yo también; era una noche de primavera; el ambiente estaba tibio y tranquilo; lucían pálidamente las estrellas; se destacaba, redonda y silenciosa, en el cielo claro la luna. Hacia ella dirigimos el tubo misterioso; yo vi un gran claror suave, con puntos negros, que son los cráteres extinguidos; con manchas blancas, que son los mares congelados. Y entonces, en esta noche tranquila, sobre el reposo de la huerta y de la ciudad dormida, yo sentí que por primera vez entraba en mi alma una ráfaga de honda poesía y de anhelo inefable.
azorín, confesiones de un pequeño filósofo, 1904