Fingió la antiguedad que los arquitectos eran dioses en la sabiduría,
pues obraban tantas maravillas, como nos refieren los anales de los tiempos,
de donde cuenta Libio, Plutarco, y Plinio,
que a un insigne Arquitecto pusieron por nombre Dios,
al qual pusieron un epígrafe que decía

hic velut Deus terrenus suremum mundi Architectum et factoren scientia imtaxi contendit:

este como Dios de la tierra procura imitar en la sabiduría al supremo Architecto y hacedor del mundo.